Martí, su presencia en la Universidad Médica

Yoandry Martínez Guevara

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Resumen

Hace más de una década el Ministerio de Educación Superior puso como meta para la Universidad Cubana, la formación de profesionales más integrales, humanistas y capaces de cumplir conscientemente su función social. A primera vista el desafío parecía solucionable desde nuestras aulas en algunos años, el tesón y la calidad de nuestros profesores se convertía entonces en el arma protagónica de aquella lucha. La verdad fue que cada aula se convirtió en un campo de batalla. Las Universidades de Ciencias Médicas tuvieron el reto particular de que la formación de sus educandos debía responder no solo a las necesidades de nuestra sociedad, sino también a las sociedades latinoamericanas, africanas y luego, a los de cualquier parte del mundo donde fueran necesarios sus empeños.
Ese médico que hoy viste celosamente su bata, es el resultado de miles de horas hombre entre docentes y personal asistencial de la salud para formar a un profesional capaz y responsable, pero sobre todo embajador de lo mejor de nuestras costumbres y nuestra identidad. No es solo un profesional bien preparado en su especialidad. Es digno representante de lo que Martí llamó “hombres de luz”, capaces de poner esperanza y seguridad allí donde otros sólo habían dejado lágrimas.
Durante los últimos cinco años, nuestra salud pública enfrenta la peor fuga de cerebros de las últimas cuatro décadas; lo que pudiera representar una crisis en cualquier sociedad occidental que pondría en jaque la estabilidad sistémica, en nuestro país se enfrenta con inteligencia. No dejan de ser cubanos aquellos que por mejores condiciones de vida abandonan a los suyos, o los que por perseguir el sueño estrellado terminan puliendo pisos o de jardineros en las grandes capitales del mundo. La solución está en nuestras aulas, en poner en manos de los estudiantes las herramientas que le permitan ponerse del lado de los que menos tienen y aprendan a amar su profesión por encima de cualquier cosa, incluso de su propia vida. En 1875 Martí dijo “…la medicina como el derecho, profesión de lucha; necesitase un alma bien templada para desempeñar con éxito ese sacerdocio; el contacto de las diarias miserias morales y materiales, el combate con la sociedad y con la naturaleza, hacen mal a las almas pequeñas, mientras que es revelación de cosas altas en almas altas y hermosas”. (1)
He aquí una propuesta al problema, formar profesionales que primero sean médicos, con todos los sacrificios que esto conlleva, y luego hombres, con todas las responsabilidades que exige la palabra. No se puede amar lo que no se siente y menos lo que no se conoce. Puede que el peor desafío comience ahora, cuando muchos jóvenes ven en la medicina la forma más solventada de vivir, y son impulsados muchas veces por sus padres, y otras tantas por el peso de la sociedad que los rodea – entiéndase amigos, compañeros y personas cercanas- que le exigen sacrificar sus verdaderos sueños, muchos como maestros, músicos, arquitectos, por ser médicos sin sentirlo.
Entran a las aulas con un alto índice de aprendizaje, con condiciones espectaculares para ser los mejores especialistas, o al menos los más preparados, pero muchos no sienten la medicina y ahí está el verdadero peligro. Requiere urgencia lograr que nuestros estudiantes, y sus familiares como pilares en su desarrollo pedagógico, comprendan que la medicina es un arte, tal como enseñar, que conlleva sacrificio y empeño y que nunca se debe esperar más premio que la satisfacción de haber hecho bien su trabajo y salvar una vida. La medicina no tiene un salario, no tiene más ambición que la de dar vida a su pueblo, cualquier empeño fuera de este, atenta contra la esencia más pura del verdadero médico cubano.
Enseñar desde la doctrina martiana no puede seguir siendo una meta, tiene que convertirse en una realidad; pero una realidad sentida por nuestros profesores, no debe quedar en los planes de estudios, ni en resoluciones ministeriales, debe plasmarse en el aula como ejemplo vivo. Martí debe resucitar todos los días, como el sol, pero no debe morir en cada tarde, debe seguir vivo en las familias que son inequívocamente piedra angular de la educación.
¿Pero cómo enseñar a ser sacrificado, a amar a los demás y a su trabajo, a entender que aun cuando los caminos se cierran y la vida parece acabarse, debe quedar la mano amiga y consoladora del médico?, ¿cómo enseñar que aun cuando no se tiene para darte lo que en realidad mereces debes hacer tu mejor esfuerzo y más si es posible?, ¿cómo enseñar a soportar las distancias y a extrañar a la familia?; pues eso no se enseña tan fácilmente. No existen libros sobre ese recurso pedagógico. Ahí entra Martí, su ejemplo como escuela. Enseñar a ser martiano es enseñar a ser justo y a apreciar las cosas buenas, las verdaderamente hermosas.
Citando a Abraham Lincoln, cuando en una carta en 1830 al maestro de su hijo le recomendaba: “….él tiene que aprender que no todos los hombres son justos, que no todos son verdaderos, pero por favor decirle que para cada villano hay un héroe, que para cada egoísta también hay un líder preocupado…enséñele de la envidia y sácalo de ella, dele a conocer la profunda alegría de la sonrisa silenciosa…enséñele a escuchar a todos y a decidir solo…”. (2)
Se precisa formar a nuestros hijos como buenos martianos, y este llamado va más allá de las aulas, por eso la elección de la categoría de hijos y no la de estudiantes. Este llamado también va a la familia, ser martiano es ser un buen cubano y todo buen cubano será necesariamente un buen revolucionario.
Formar a nuestros hijos como buenos martianos será formar hombres y mujeres en la inmensidad de su palabra




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